El fenómeno de Cortylandia
No entiendo para nada la obsesión de la gente española, o al menos la madrileña, con Cortylandia. Yo vivo en ópera, a unos cien metros del Corte Inglés que tiene el display, y siempre hay un público de entre veinte y quinientos personas. Durante las noches, a eso de las seis o siete, no se puede pasar por la calle donde está el display porque hay tanta gente allí mirándolo como si fuera un milagro. En realidad, son unos falsos animales baratos que cantan una canción horrible de vez en cuando—no hay ninguna razón para pararse y pasar media hora mirándolo. Hay personas en trajes de personajes de dibujos animados vendiendo globos y la calle es como un carnaval o algo. No lo puedo creer que pinche Cortylandia le encanta tanto a la gente española. Es muy frustrante tener que pasar veinte minutos en ese público tratando de llegar a casa. Entiendo que es una tradición y todo, pero todavía me choca. Cada vez que los animales empiezan su canción, toda la gente corre y corre hacia Cortylandia para que no lo pierdan, con sonrisas muy grandes—es muy chistoso ver a gente mayor tratar de correr como si sus vidas estuvieran en peligro para ver esa mierda. Podría entenderlo mejor si el display fuera bien hecho o por lo menos un poco interesante, pero es muy aburrido. Ay yi yi.
